Medio centenar de castillos
Hablar de los castillos de nuestra tierra es rememorar su historia toda. Ya cuando quien tenga interés por este tema coja en sus manos la obra clásica que los explica, los "Castillos de Guadalajara" de Francisco Layna Serrano, se dará cuenta que hablar de ellos es hablar de la historia entera de la provincia.
En ellos, y en los personajes que los dieron vida a lo largo de los pasados siglos, se condensa la historia de la tierra toda, de la alcarria, los valles serranos y la altiplanicie molinesa. Ellos fueron cabeza vigilante de valles, tutela de ciudades, albergue último de poderosos, referencia de pintores, piedras paternales de leyendas... en última instancia, puede decirse que la historia de nuestra patria chica está en ellos contenida, al cien por cien, sin fisuras ni olvidos.
Quizás sea la imagen que hoy nos brindan, de ruina en su mayoría, de desamparo en buena parte, de elegante destino los menos, la de nuestra provincia exactamente: historia en cada esquina, pero muy poquitas realidades vivibles. De cada fortaleza surgen los ecos de una leyenda moruna, o los documentos ciertos de una donación episcopal, guerrera o calatrava. De cada cerro se levanta la silueta formidable de una alcazaba, en su mayoría destruida, pero que al tener en la mano cualquier guía, cualquier libro que medianamente lo explique, nos damos cuenta de cuántas cosas, y de qué manos traídas, ocurrieron entre sus muros. Ese formidable acopio de monumentos ciertos, antiguos y bellos, es uno de los mejores certificados que nuestra Guadalajara extiende a quien se atreve a venir hasta aquí, a mirar el paisaje, a recorrer sus caminos, a cerciorarse de que Guadalajara existe y la tenemos así, cargada de hermosos panoramas. Quizás sea la imagen que hoy nos brindan, de ruina en su mayoría, de desamparo en buena parte, de elegante destino los menos, la de nuestra provincia exactamente: historia en cada esquina, pero muy poquitas realidades vivibles. De cada fortaleza surgen los ecos de una leyenda moruna, o los documentos ciertos de una donación episcopal, guerrera o calatrava. De cada cerro se levanta la silueta formidable de una alcazaba, en su mayoría destruida, pero que al tener en la mano cualquier guía, cualquier libro que medianamente lo explique, nos damos cuenta de cuántas cosas, y de qué manos traídas, ocurrieron entre sus muros. Ese formidable acopio de monumentos ciertos, antiguos y bellos, es uno de los mejores certificados que nuestra Guadalajara extiende a quien se atreve a venir hasta aquí, a mirar el paisaje, a recorrer sus caminos, a cerciorarse de que "Guadalajara existe" y la tenemos así, cargada de hermosos panoramas.
Un catálogo variopinto
Del centenar de castillos que hubo, plenamente documentados, en nuestra actual provincia, solamente la mitad permanecen en pie con silueta de tales. Muchos de aquellos primitivos castillos fueron derribados voluntariamente, especialmente en la época de los Reyes Católicos, que persiguieron en todo momento el debilitamiento de los clanes familiares todopoderosos, que en un momento dado, y echando atrás en el tiempo, podrían desestabilizar su nuevo concepto de Estado. Así ocurrió con castillos como el de Mondéjar, del que se hacen lenguas muchos cronistas, y del que no quedó piedra sobre piedra a finales del siglo XV. O como el de Tendilla, que en lo alto del cerro donde ahora asienta el monumento al Sagrado Corazón, tuvo silueta de ferocidad sobre el valle. Y muchos otros aún que, salvados en aquella quema, no pudieron aguantar la *avidez pétrea+ de los vecinos del lugar. Porque los castillos no se caen: los tiran. Un castillo medieval puede aguantar sin problemas ocho, diez siglos, aún más, siempre que nadie se dedique a ir cogiendo las piedras de sus basamentas, porque entonces se caen, claro, se derrumban en los inviernos húmedos.
De los cincuenta castillos con silueta de tales que aún nos quedan en la provincia, muchos de ellos son pura ruina. Te acercas a ellos (el de la Torresaviñán, oteando la autovía de Zaragoza a nivel de Torremocha, o el de Pelegrina, sobre el hondón del río Dulce) y te das cuentas que solo quedan paredones aislados, que ni sobre el suelo puede reproducirse su planta. Pero ahí están, dando contrapunto humano e histórico al paisaje. Hay otros que son realmente hermosas piezas de la evocada Edad Media. ¿Quién no ha soñado, se ha extasiado, al contemplar el castillo de Jadraque iluminado en la noche oscura, al verle emerger como un elemento volador, sobre la espesura de la tiniebla, vivo y sonoro? ¿O el gran alcázar episcopal de Sigüenza, ahora usado como Parador Nacional, pero realmente un edificio que conjuga belleza y rotundidad? ¿O la imponente masa rocosa, fundida con la naturaleza de Zafra, en Molina, o de arbeteta, en el Alto Tajo?
Son tantos los lugares, los puntos de nuestra geografía en los que despunta un castillo, esbelto, bien dibujado, sereno y cierto, que la imaginación se lanza a recobrar su esencia, su historia, la nómina de los personajes que le hicieron, le levantaron, le mantuvieron vivo. Siempre he dicho que mi pasión por la historia alcarreña empezó en Pioz, empezó visitando el castillo y recorriendo sus vericuetos en los que (hoy todavía) sin esfuerzo se hace uno a la idea de lo que eran esos edificios y para qué servían. Si la oportunidad de viajar y recorrer la provincia es cada vez más amplia, (mejores carreteras, mejores alojamientos, mejores guías y mayor información) esta parcela de la monumentalidad es la más adecuada para tomar contacto con el patrimonio alcarreño y provincial. El arte románico, los monasterios, las fiestas y las fuentes pueden ser elementos para buscar cada fin de semana un espacio a quedarse mirando. Pero los castillos dan para mucho, y esa columna de nuestra existencia común no podemos desaprovecharla. Los castillos están pidiendo nuestra atención, nuestro estudio, y, sobre todo, el esfuerzo mancomunado para mantenerlos en pie, si no vivos, al menos coleando. O sea, que no se caigan.
Fuente: alcarria.com
Entries(RSS)